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Nutxé, el invasor
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1
Una noche, mientras yo soñaba con placidéz, Nutxé se coló apresuradamente en Mi Novela por una grieta entre dos consonantes dormilonas, atravesó palabra por palabra hasta descifrar el código de seguridad y ya en la puerta de mi mundo se metamorfoseó en una sombra escuálida y pasó detrás de los guardias sin que estos sintieran el más leve crujido de una sílaba.
Cuando Nutxé llegó a mi mundo quedó asombrado con las sublimes creaciones: torres de metal que se alzaban desde las profundidades marinas, casitas incrustadas en los acantilados, damiselas noctámbulas que recitaban versos en los balcones ante los ojos brillantes de los jóvenes, elegantes ancianas que tomaban el sol en las playas rojizas, bandadas de cuchillos emplumados, y la más infinita variedad de seres diurnos y noctámbulos.
Nutxé caminó en dirección norte bajo un cielo de hojas y ramas que la excentricidad me había recomendado. Siguió el camino zigzagueante que lo llevaba a Quore y mientras llegaba al pueblo se vistió con las ropas preferidas de su negro maletín, parecía un héroe antiguo que regresaba del limbo del olvido. Botas de sílice, altas y silenciosas, gafas en media luna oscura que le daban aspecto de lince, pantalones negros apretados y una camisa blanca de mangas arremolinadas. Era una especie de mártir antiguo con cola de diablillo. Es un extravagante ese Nutxé, me dije esa noche.
Aunque advertí no muy tarde que Nutxé había burlado mis sistemas de seguridad, me despreocupé y lo dejé moverse en mi mundo, quería observarlo desde las alturas, parecía un parásito, un insecto demacrado, era un verdadero placer verlo, me resistí entonces ha aplastarlo con la punta del kilométrico, igual, qué podría hacer en la novela, en mi magnifica creación (imaginé un mosquito luchando por entrar en mi toldillo).
2
Nutxé no era un mosquito, era un maldito jején. Cuando llegó a Quore eran las cinco de la madrugada, todavía mis personajes dormían y el sol se bañaba detrás de la colina. Esperó pacientemente a que la puerta de la casa de gobierno se abriera y llamó a gritos a Nairo, el gorila idiota que puse como alcalde. Ojos de sapo, que te miran como águila, manos cortas y musculosas, una calva con algunos pelos de consuelo (cuanto me reí cuando lo hice) y un carácter pusilánime pero mezquino. A Nutxé le fue fácil seducirlo. Lo convenció con su astuta elocuencia y algunos dulces del mundo de afuera. Ese mismo día Nairo convocó a la comunidad para presentarlo ante todos como invitado especial y nuevo asesor de gobierno. En el púlpito Nutxé sonreía con encanto de modelo, hacia unas muecas "sexy" y guiñaba los ojos solapadamente; las ancianas del Club lo aplaudían coquetas y se sonrojaban como niñas cuando este las miraba. Pero me puse rojo de la ira cuando todas mis jóvenes amores cuchicheaban entre sí: -es hermoso, parece un capitán del ejército de Dios, decía Núbie, la pelirroja de labios carnosos y cuerpo esbelto. -Haría cualquier cosa por él- respondía Marianne, la sensual pelinegra que tanto trabajo me costó construir. El alcalde empezó su discurso, alabando a su "viejo y querido amigo" que llegaba de lejos para traer la felicidad al pueblo, sus valores y sus expectativas, sus "hobbies"...bla, bla, bla...un torrente de palabras rastreras y hambrientas, sólo pronunciables por políticos innatos -¿por qué no escogí mejor un mercenario para ese maldito cargo?- pensé.
Estuve forzosamente decidido a eliminarlo, pero no sé que fuerza me contuvo, la necia curiosidad o la crueldad paciente, en todo caso, preferí esperar otro momento.
3
El primer gran dolor me atravesó el segundo día de su llegada. Berenice, mi único y verdadero amor, una adolescente cantarina que gastó varios lápices y noches de desvelo, se entregó desesperadamente al delirio. Varias horas mirando por las rendijas de la ventana los movimientos del farsante, fueron suficientes para que Nutxé escudriñara el paisaje con sus ojos de halcón y ahora su timidez de enamorada fue descubierta... y profanada. ¡Tantas noches de obsesión y de deseo, Berenice, Berenice, mi golondrina de verano, mi mar embravecido! En mi alma empezó a germinar la semilla de la venganza y juré una mañana ahogarlo en tinta negra cuando fuera a la playa.
Todo sucedió muy rápido. Estaba tan seguro desde mi escritorio moderno, nunca pensé que un virus lograra hacerle un daño tan grande a mi novela. Había combatido varios hace unos años, y no me causaron mayor problema; pero Nutxé era diferente. Era un virus creado en mi cerebro, fruto de una riña entre neuronas, cuando el estrés y su neurosis incontrolable terminaron por enfrentarlas a muerte. Había huido cuando era apenas una larva, no le presté importancia pues pensé que moriría intentando entrar en un libro de física cuántica o de Corín Tellado, pero logró sobrevivir, no sé cómo, y mi negligencia "paternal" lo ha dejado vivir a sus anchas en mi mundo.
Claro que no es tan fácil deshacerse de un parásito cuando empieza a ser necesario para el organismo.
Nutxé empezó a gozar de mucha influencia entre los personajes de mi novela. Era consejero de ancianos y jugaba fútbol con los niños, estimulaba las sonrisas de las jóvenes y alimentaba el ego de los altos varones.
4
Un clima de tensión se fue creando en Quore, empezaba a sentir que mi silla de gran señor estaba siendo comida por las polillas. Emilio, el niño de las aguas que repartía mis palabras entre el puerto y las ciudades submarinas, se fue acercando a la orilla para oír los discursos de ese nuevo profeta, se fue olvidando de sus deberes comunicativos, hasta que un día logró salir del agua arrastrándose como gusano, y en el transcurso de la mañana fue perdiendo las escamas y se fue irguiendo lentamente.
Empecé a sentir que el mundo que había creado con el esfuerzo de mis muñecas y las pobres neuronas, el mundo perfecto y ordenado, donde todos vivían en la felicidad de mis deseos, en las noches iluminadas por soles subterráneos, el mundo que goberné con justicia y amor (bueno, algunas veces también con borradores, no faltaban los revoltosos), era ahora un mundo que me traicionaba y que dejaba de amarme, era un cuento que dejaba de vivir por mí y para mí, era la soledad que me inundaba.
El séptimo día después de su llegada, ocurrió el último acontecimiento. Estela, la anciana que me rezaba todos los días desde su camastro de mimbre entretejido, desamarró sus manos devotas y miró para abajo, al suelo de tierra apisonada. Se levantó lentamente, abrió la puerta de su casa, y salió a la calle. Los ojos se le encharcaron y de su boca salió un famélico quejido de duda: -¿Dios ha muerto?-. El carnicero la oyó y se rió para adentro -pobre anciana, los años no vienen solos-. Sin embargo, esa pregunta me recorrió la nuca como la lengua de un espectro: -¿ese soy yo... cierto?- me pregunté con pavor, pues sabía la respuesta.
5
La vieja Estela se alejó de la multitud en silencio y caminó con una profunda tristeza hasta el malecón, sus lágrimas se unieron con las del mar, y en un murmullo, que no logré escuchar, se arrojó sobre el vientre marino, una ola más entre la espuma.
Desde ese momento una honda tristeza se expandió como gas venenoso entre las sílabas y las consonantes amontonadas en las calles, un vacío de identidad los consumió a todos. Habían perdido sus dioses y sus predicadores de la muerte. La luz del sol los alumbraba más fuerte, al igual que su calor mortífero.
Y allí en la plaza de Quore, sentado en una banca firme al suelo, estaba, impasible y victorioso, Nutxé el sublime, el castigador de los tramposos, de los pastores de ovejas engañadas, el vengador de las palabras sometidas. Allí estaba sentado, con expresión de loto florecido, el salvador de los fantasmas.
La última vez que intenté abrir Mi Libro, se deshizo en los dedos, comido por gusanos.
Medellín 06-02-07
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Comentarios: 1
Respuesta #1 el : Tue November 18, 2008, 20:42:11